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Intervención psicológica y prevención frente a la violencia de género

La violencia de género sigue siendo una de las formas de violencia más extendidas y normalizadas en nuestra sociedad. No solo afecta a la integridad física de las mujeres, sino también a su salud psicológica, a su proyecto de vida y a su entorno familiar, especialmente a los hijos e hijas que conviven con el maltrato.

La intervención psicológica cumple un papel esencial, tanto en la atención a las víctimas como en la prevención y detección temprana de estas situaciones.

¿Qué entendemos por violencia de género?

La violencia de género se refiere a cualquier acto de violencia física, psicológica, sexual, económica o simbólica ejercida contra una mujer por el hecho de serlo, generalmente en el marco de una relación de pareja o expareja.

Algunas formas frecuentes de violencia de género son:

  • Violencia física: empujones, golpes, estrangulamientos, agresiones con objetos.

  • Violencia psicológica: humillaciones, insultos, amenazas, chantajes emocionales, control del móvil o redes sociales.

  • Violencia económica: impedir el acceso al dinero, controlar cada gasto, prohibir trabajar o estudiar.

  • Violencia sexual: relaciones sexuales forzadas, coacciones, prácticas no consentidas.

  • Violencia social: aislamiento de la familia o amistades, desprestigio ante otras personas.

Muchas mujeres tardan años en identificar que lo que viven es violencia, porque el maltrato suele empezar de forma sutil y se va intensificando de manera progresiva.

Fases de la violencia de género: el ciclo del maltrato

En numerosos casos se observa un patrón repetitivo que se conoce como ciclo de la violencia. Comprenderlo es clave para la intervención psicológica y la prevención de recaídas.

  1. Fase de acumulación de tensión
    Aumentan las discusiones, los comentarios despectivos y el control. La mujer suele intentar calmar, justificar al agresor o adaptarse para “no provocarle”.
  2. Fase de agresión o explosión
    Se producen los episodios de violencia más evidentes: insultos graves, amenazas, golpes, destrucción de objetos, agresiones sexuales.
  3. Fase de luna de miel o reconciliación
    El agresor pide perdón, promete cambiar, se muestra cariñoso y atento. La víctima puede sentir alivio, esperanza y confusión, lo que dificulta la toma de decisiones.

Con el tiempo, la fase de “luna de miel” se acorta o desaparece, mientras que las fases de tensión y agresión se intensifican.

Objetivos de la intervención psicológica

La intervención psicológica con mujeres víctimas de violencia de género persigue varios objetivos fundamentales:

  • Garantizar la seguridad de la mujer y, en su caso, de sus hijos e hijas.

  • Reducir el impacto emocional del maltrato (ansiedad, depresión, culpa, miedo, estrés postraumático).

  • Romper el aislamiento y recuperar la red de apoyo social.

  • Trabajar la autoestima y el autoconcepto dañados.

  • Identificar y cuestionar creencias que mantienen la relación violenta (por ejemplo, “sin él no valgo”, “es culpa mía”, “aguantar es lo normal en una pareja”).

  • Reforzar habilidades de afrontamiento, toma de decisiones y solución de problemas.

  • Prevenir nuevas relaciones de maltrato y favorecer relaciones más sanas en el futuro.

Principales enfoques y técnicas psicológicas

No existe una única forma de intervención válida para todas las mujeres, pero sí hay líneas de trabajo comunes:

1. Psicoeducación

  • Explicar qué es la violencia de género y cómo funciona el ciclo del maltrato.

  • Normalizar reacciones emocionales (miedo, rabia, tristeza) como respuestas comprensibles a una situación extrema.

  • Informar sobre recursos legales, sociales y sanitarios disponibles.

2. Intervención cognitivo-conductual

  • Identificar pensamientos automáticos (“no voy a poder sola”, “sin pareja fracasé”) y creencias de fondo (“debo aguantar”, “no merezco algo mejor”).

  • Reestructuración cognitiva: cuestionar esos pensamientos y generar interpretaciones más ajustadas y respetuosas con la propia dignidad.

  • Entrenamiento en habilidades: comunicación asertiva, establecimiento de límites, toma de decisiones, manejo del estrés.

3. Trabajo emocional y traumático

  • Abordar síntomas de estrés postraumático: flashbacks, pesadillas, hipervigilancia.

  • Técnicas de regulación emocional y de relajación.

  • En algunos casos, intervención específica en trauma (EMDR, exposición gradual, etc.), siempre con especial cuidado al ritmo de la persona.

4. Acompañamiento en el proceso de separación

  • Apoyo psicológico en las decisiones legales (denuncia, medidas de protección).

  • Manejo de la ambivalencia: deseo de irse vs. miedo a las consecuencias.

  • Acompañar en las posibles presiones familiares, económicas y sociales.

Casos reales (con datos identificativos modificados)

Caso 1: Laura, 34 años – “No me pegaba, pero me rompió por dentro”

Laura convivió con su pareja durante ocho años. Nunca la golpeó, pero sí ejercía un control absoluto sobre su vida: revisaba el móvil, criticaba su forma de vestir, se enfadaba si quedaba con amigas y minimizaba sus logros profesionales (“eso te lo han dado por cuota, no porque valgas”).

Con el tiempo, Laura dejó de ver a casi todas sus amistades, abandonó un proyecto laboral que le ilusionaba y comenzó a dudar de su propio criterio. Llegó a consulta con un cuadro de ansiedad, insomnio y una sensación intensa de culpa por “no estar a la altura”.

En la intervención psicológica se trabajó:

  • Identificación de la violencia psicológica y del gaslighting que sufría.

  • Revisión de sus creencias sobre el amor y el sacrificio en la pareja.

  • Recuperación progresiva de actividades significativas (volver a estudiar, retomar el contacto con una amiga de confianza).

  • Entrenamiento en habilidades de comunicación y establecimiento de límites.

Tras varios meses de proceso, Laura decidió separarse. El trabajo terapéutico se centró entonces en manejar el miedo al futuro, reconstruir su red social y consolidar una autoimagen más fuerte y realista.

Caso 2: Ana, 41 años, dos hijos – “Salí cuando vi el miedo en sus caras”

Ana acudió a un servicio de atención psicológica derivada desde servicios sociales. Llevaba años sufriendo violencia física y verbal por parte de su pareja, pero nunca había denunciado. La ruptura se precipitó cuando uno de sus hijos intentó interponerse en una agresión y ella vio el pánico en su cara.

Los primeros objetivos fueron:

  • Establecer un plan de seguridad: tener preparado un lugar al que acudir, un teléfono de contacto, copia de llaves y documentos importantes.

  • Trabajar el sentimiento de culpa por “haber permitido llegar tan lejos”.

  • Elaborar el miedo a las represalias una vez tomada la decisión de separación.

En fases posteriores se abordaron:

  • El trauma derivado de las agresiones físicas y amenazas.

  • La reconstrucción del vínculo con sus hijos, que también habían sido víctimas indirectas de la violencia.

  • La preparación para posibles juicios y encuentros con el agresor en contextos legales.

La intervención se coordinó con recursos sociales y jurídicos, lo que facilitó que Ana se sintiera menos sola y más protegida en el proceso.

Prevención: intervenir antes de que la violencia se cronifique

La intervención psicológica no se limita a atender a víctimas cuando la violencia ya es evidente. También es clave en la prevención:

  • Programas educativos en adolescentes sobre relaciones sanas, celos, control y uso de redes sociales.

  • Talleres de detección temprana para profesionales de la salud, la educación y el ámbito social.

  • Espacios de orientación psicológica para mujeres que dudan si lo que viven es o no maltrato.

  • Trabajo con la población general para desmontar mitos: “si se queda es porque quiere”, “los celos son una prueba de amor”, “es un tema de pareja en el que nadie debe meterse”.

Cuanto antes se identifiquen las señales de alarma, más posibilidades habrá de que la violencia no escale y de que la mujer pueda salir de la relación con menor impacto psicológico.

El papel de la red de apoyo y de los profesionales

alir de una relación de violencia de género no es una cuestión de “fuerza de voluntad” individual. Intervienen factores económicos, sociales, familiares, culturales y legales.

Por eso, la intervención psicológica es más eficaz cuando se integra en una red de apoyo:

  • Servicios sociales y recursos específicos para mujeres víctimas.

  • Asesoría jurídica especializada.

  • Centros de emergencia y casas de acogida.

  • Apoyo de familia y amistades, respetando siempre el ritmo y las decisiones de la mujer.

El equipo profesional debe mantener una actitud de respeto, no juicio y acompañamiento, evitando presionar a la víctima y trabajando desde el empoderamiento y la autonomía.

Conclusión: acompañar para recuperar la vida

La violencia de género deja huellas profundas, pero no define para siempre a la mujer que la sufre. La intervención psicológica ofrece un espacio seguro donde poner nombre a lo vivido, comprenderlo, sanar las heridas y reconstruir un proyecto de vida propio y libre de violencia.

Más allá de aliviar síntomas, el objetivo es que la mujer recupere el control sobre su vida, fortalezca su autoestima, reconstruya su red de apoyo y pueda establecer relaciones más sanas en el futuro. Al mismo tiempo, la prevención y la sensibilización social son imprescindibles para que cada vez menos mujeres tengan que pasar por este tipo de situaciones.

Invertir en intervención psicológica y en prevención frente a la violencia de género no es solo una cuestión clínica o legal: es una apuesta ética y social por la dignidad, la igualdad y el derecho a una vida libre de violencia.


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